
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Ex 34, 4b-6. 8-9: Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
Sal. Dn 3, 52-56: A ti gloria y alabanza por los siglos.
2Co 13, 11-13: Trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.
Dios le pidió a Moises madrugar y que subiera a la montaña. También que llevase unas tablas de piedra para escribir en ellas. Un soporte consistente para retener en la letra la Ley de Dios, la Alianza con su pueblo. Horadar la dureza de la roca lleva tiempo, lo que ahí se quede prosperará de modo inmemorial. Pero, si esa Ley se limitase a la piedra, permanecerá tan seca como ella; necesita dar un salto a un lugar aún más arduo de grabar, al que solo se accede con insistencia exasperante: el corazón del pueblo; un corazón capaz de estremecerse y de olvidar al instante, de asombrarse con Dios y aliarse con otros diosecillos.
Dios pide madrugar para encontrarse con Él, porque no podemos dejarlo para lo último, para cuando tenga tiempo, sino que ha de tener nuestra prioridad vital y temporal. Y pide llegar hacia una montaña, porque rompe la linealidad de lo que ofrece la llanura, empuja hacia una aventura acompañada de sacrificios, esfuerzo, deseo de altura.
El asombro ante Dios y su grandeza e inconmensurabilidad enternece el corazón para que su presencia deje grabado ahí la ley del amor por nosotros, un amor de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo. Tan grande, tan inabarcable, tan inefable. Por mucho que digamos, en aproximación, más aún se nos quedará sin decir. El modo como la tradición eclesial ha querido acercarse recoge el nombre de Padre, Hijo y Espíritu Santo, entendiendo tres personas y un solo Dios. La contemplación del inefable, fruto del don del temor de Dios, ofrece una razón inexpresable para que el corazón permita recibir la impronta de su Ley, expresión de su misericordia para nuestra salvación.
Las palabras de san Pablo: “Trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” en la segunda lectura, inducen a pensar que, la presencia de Dios en nuestras vidas, está condicionada por la apertura personal, fruto de vida fraterna. Donde hay hermanos hay Padre, Hermano y don que posibilita la fraternidad. Dios en nosotros provoca letra viva, fecundidad de nuestro ser y manifestación de su semejanza en lo que somos, vivimos y existimos. La gloria del Dios misterioso se derrama hacia su criatura humana para que su vida sea glorificación del Señor.
Las hermanas y hermanos contemplativos se han entregado a vivir esto anticipándonos la gloria celeste, madrugan para Dios y la Iglesia, han sido elegidos para vivir en la montaña al encuentro del Señor. Con su vida embellecen la Iglesia y abren surcos para que la gracia de Dios hacia nosotros.