Ciclo A

Exposición del Santísimo

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  • San Pedro Apóstol

  Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30

  • Santa María la Mayor

  Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30

  • Las Mínimas

  Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00

Acercate a la Oración

jesus 7502413 1280«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»  

Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer... 

 Todos los VIERNES a las 20:00 horas.

 En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.

DOMINGO II DE NAVIDAD. 4 de enero de 2026

Eclo 24,1-2.8-12: La sabiduría hace su propia alabanza.

Sal 147: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Ef 1, 3-6. 15-18: Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Jn 1, 1-18: En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

 

El rostro delata inmediatamente y sin engaño las sensaciones ante el regalo recibido. La sorpresa y la alegría o la decepción apenas pueden ocultarse en la gestualidad facial, tan transparente en sus reacciones. Asimismo, lo que el que regala percibe en el otro, provocará, a su vez, una réplica que igualmente expresará con cara. La afección será mayor, cuanto más esfuerzo e interés se puso en el regalo, porque, cuando regalamos, podemos replicar un gesto replicamos por inercia o realmente entregar algo importante de nosotros mismos a través de un presente como un acto de amor.

¿A más amor más regalo, más de nosotros, más interés? Es lo previsible. Y a más amor más entrega habitual que, sin envoltorio ni protocolos, es el regalo más preciados; aquel en el que uno se da a sí mismo buscando el bien de a quien se regala, a veces con desconocimiento del que recibe. A estas alturas de la Navidad, ¿cómo no darnos cuenta de tanto regalo recibido de Dios? El corazón se nos ha llenado de Niño, de ternura divina y nuestras manos se han fortalecido con la esperanza de la salvación. El proceso de preparación y de ilusión con el que se dispone un regalo exige, de algún modo, un momento correspondiente en quien acoge el presente: detenerse para valorar lo recibido y, aún más, a quien se lo ha entregado.

A una semana de concluir el tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor y a pocos días llegar a la Epifanía con la celebración del regalo del Salvador a todas las naciones, qué bueno detenerse para contemplar la grandeza del misterio del Hijo de Dios hecho carne. El evangelista Juan nos ayuda con el prólogo a su evangelio, donde nos introduce en la vida de la Trinidad y nos indica el linaje de la Palabra hecha carne. Las biografías de los héroes y grandes personajes de la antigüedad solían comenzar con una exposición de la estirpe y los antepasados; aquí Juan nos lleva a la matriz del Niño Dios, donde lo contemplamos como Verbo eterno y Dios, por medio del cual ha sido creado todo e ilumina con su luz la creación. El regalo del amor del Padre que el Hijo recibe desde la eternidad, ha venido, de forma sorprendente, en forma de Creación y el Hijo vierte el amor recibido hacia ella, con el propósito de que participe de la misma vida trinitaria. No ha habido ni habrá regalo mayor.

Al Verbo se le llama también luz y vida; lo creado es sostenido vitalmente en camino hacia su participación completa en la divinidad y la luz esclarece su paso para comprender de quién le llega tanto regalo. Esta claridad ha acompañado al hombre desde el principio, aunque solo ha ido descubriendo a su Señor de modo paulatino. Antes de que el Verbo se hiciera carne, intuyeron, alentados por el Espíritu, a alguien junto al Padre al que llamaron Sabiduría, existente desde el principio, por medio de la cual se hizo todo. Apuntaban hacia el Hijo de Dios, aunque aún no sabían.

Sin embargo, nosotros hemos recibido el doble regalo: por recibir sus gracias y por conocerlo. Habrá más gozo en lo recibido si sabemos su origen y profundizamos en quien ha tenido para nosotros tanta generosidad. Que nuestro rostro refleje la alegría por el don de la Salvación y, aún más, por reconocer a nuestro Salvador, el Hijo amado del Padre, y su Espíritu actuando en nuestros corazones y nuestro mundo.

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