
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Mt 28, 1-10: “No temáis”.
Donde predomina el miedo, ¿cabe lugar para otros sentimientos? El miedo se presenta con una potencia arrebatadora que bloquea los sentidos. Se despierta con el instinto de supervivencia, cuando vemos amenazado algo importante: nuestra salud, nuestro prestigio, nuestras relaciones con los otros, la vida… Si llega el miedo, ¡qué parálisis de reacción y decisión!
Pero, quizás, aún con más fuerza que miedo, más básico e instintivo, que incluso tienen los animales, se encuentra la tristeza. Es capaz de una paralización vital, asfixiar no solo el presente, sino también el futuro, porque tiene el poder de disipar la esperanza. A veces miedo y tristeza van de la mano; cuando esta lo acapara todo, también desaparece el interés por preservar la propia vida; como si todo diera igual, amargamente igual.
Las mujeres que acudieron al sepulcro al alborear del primer día de la semana, el domingo, estaban profundamente tristes. Su esperanza, su Señor llevaba ya tres días en el sepulcro. Entonces, una intervención celeste: aparece un ángel cuyo aspecto resplandece maravillosamente. Y esta aparición provoca diversas reacciones.
Miedo terrible entre los soldados, que se quedan temblando. La fuerza militar, que tanto miedo provoca a los que se enfrenta, desfallece ante el mensajero de Dios. La brutalidad que ha asesinado al Hijo de Dios, ahora tiembla despavorida. El Altísimo infunde terror a quienes confían en sus fuerzas, en la violencia, en el poder que se impone desde las armas y la agresión. A estos militares no se les comunica nada; el ángel impone su criterio: no existe poder humano que rivalice con Dios.
Miedo entre las mujeres. Un miedo diferente, que el ángel apacigua con unas palabras tranquilizadoras: “Vosotras, no temáis”. Y les anuncia que Jesús, el crucificado, ha resucitado. Con el miedo emerge la alegría. La tristeza se esfuma; hay motivos para la esperanza, para la vida en medio de la muerte.
El encuentro con el Señor resucitado marca el latido definitivo que debe regir el corazón: “Alegraos”. Ya no se trata solo de no temer, sino de alegrarse. Han visto al Maestro resucitado, pero también han comprobado que el Hijo de Dios vence a aquello que más amenaza nuestra existencia, la muerte; aquello que hiere nuestras entrañas, el pecado. Entonces, ¿a qué temer ya? A no vivir para Cristo, desde Cristo, en Cristo. A rechazar a Dios, a despreciar o resultar indiferente al hermano, a pecar.
Desde los orígenes de la Creación, Dios proclamaba alegría, dando vida y llamando a la vida eterna a los hombres, para que, sin dejar de ser hombres, fueran también de condición divina. En la elección del Pueblo de la Alianza, hablaba Dios de amor sin medida y resurrección.
Con todo esto, con la realidad de Jesucristo resucitado, ¿De dónde vienen nuestros miedos? ¿Por qué no cunde la alegría? Que reine esta entre nuestros sentimientos y, aun sabiendo que caminamos es el complejo contexto que es nuestra vida y las relaciones con los demás, que ningún sentimiento ni idea se superponga a la alegre convicción de que Él ha resucitado y nosotros resucitaremos con Él.