Ciclo A

Exposición del Santísimo

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  • San Pedro Apóstol

  Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30

  • Santa María la Mayor

  Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30

  • Las Mínimas

  Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00

Acercate a la Oración

jesus 7502413 1280«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»  

Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer... 

 Todos los VIERNES a las 20:00 horas.

 En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.

DOMINGO II DE CUARESMA (ciclo A). 1 de marzo de 2026

Gn 12,1-4a: Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.

Sal 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

2Tm 1,8b-10: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.

Mt 17,1-9: «Levantaos, no temáis.».

 

Invitó Jesús a tres de sus discípulos a subir y luego a bajar. Se estaba bien a nivel de los demás, evitándose las molestias de la pendiente y el viaje; se estaba aún mejor en compañía de Moisés y Elías y Jesús transfigurado. Pudo costar la subida y pudo costar la bajada, porque, donde se está bien, ¿para qué cambiar? ¿Por qué mover lo que está sereno quieto? El Maestro quería que estuvieran con Él y ellos obedecieron.

Lo que tenía que hacer podría haberlo realizado solo, pero quería compañía y, aún más, espectadores. El espectáculo abrumó tanto que descabalaba el raciocinio de alguien tan cabal en sus razonamientos como Pedro. Aventuró un comentario tal vez un tanto precipitado, pero que no deterioraba el momento. Más aún, puso en contraste la maravillosa proyección de la gloria de Cristo, vinculado a la Ley y los Profetas, con el intento humano deslucido de aparentar algo. Tantas veces queremos decir y hacer, cuando solo hay que contemplar, dejando que sea Dios quien diga y haga. Para finalizar la visión, una orden directamente del Padre: “Escuchadlo”. Lo escucha quien atiende a la Ley y los Profetas, donde se percibe el rumor del Calvario y el sepulcro vacío. Se le escucha siguiéndolo en su camino hacia Jerusalén. Nada más iniciar el descenso comenzaron a subir. Todo movimiento hacia la Ciudad Santa era un itinerario de ascenso. Subieron alto cuando el monte de la Transfiguración, aún tenían que llegar más alto; a la altura terrible del Gólgota, a la altura gloriosa de la Resurrección. Sin escalar antes a una cima considerable no se podrá llegar victorioso a la cumbre absoluta. Lo fugaz de la transfiguración no podría haber llegado un día a ser permanente, íntegro, completo, sin sacrificio. Y la subida a Jerusalén iniciaba el momento de la entrega y el sacrificio completo. Pudieron contemplar un poco de la audacia divina y algo tendría que prender en ellos para la valentía necesaria en lo que quedaba de camino hasta la gloria.

            También fue el Padre el que le ordenó a Abrán y el patriarca escuchó e hizo. Prevalecía la fe sobre las pérdidas que requería la obediencia. La fe estaba acreditada por una promesa de tierra y descendencia. Resuena hasta cinco veces en sustantivo y en verbo la palabra bendición y bendecir. El Bendito prolonga sus bendiciones a través de personas. Pero, para llegar a ser bendición, como en el caso de Abrán, antes hay que realizar sacrificios. Una tierra y una descendencia prácticamente la puede conseguir cualquiera. Todo esto bendecido por Dios y sus elegidos precisa del sacrificio, como un acto de culto, de reconocimiento de la majestad divina y la obediencia a Él.

            Con Pablo no hacía falta azuzarle para ponerse en camino. Era, de por sí, diligente en sus quehaceres. Sí que hubo que despegarlo de su antiguo movimiento, atado a la Ley a secas sin Cristo, para que aprendiera sobre la carne de esta Ley en el Hijo de Dios. A Timoteo le instaba: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio”. De no haber conocido a Pablo, habría permanecido en la tranquilidad del Timoteo de siempre. Pablo le propició un hombre nuevo y el Evangelio se le unió al pecho hasta resultarle imprescindible predicarlo él también. Pablo le anima a que lo haga, consciente de que por este Evangelio se acarrean duros trabajos. ¿Qué se pierde? ¿Qué se gana? ¿Qué queda abajo? ¿Qué se contempla arriba? Cuidado con dejarse seducir por Jesús, sus invitaciones son ciertamente motivo de pérdida. Seguramente mucho más de ganancia. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

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