Ciclo A

Exposición del Santísimo

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  • San Pedro Apóstol

  Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30

  • Santa María la Mayor

  Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30

  • Las Mínimas

  Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00

Acercate a la Oración

jesus 7502413 1280«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»  

Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer... 

 Todos los VIERNES a las 20:00 horas.

 En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.

DOMINGO III DE CUARESMA (ciclo A). 8 de marzo de 2026

Ex 17,3-7: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Sal 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Rm 5, 1-2. 5-8: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Jn 4, 5-42: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú y él te daría el agua viva”.

 

Pide nuestro organismo de cuando en cuando diálogo. Él levanta una demanda y, por lo general, la sabemos responder dándole solución. Así sucede con la sed, el hambre, el sueño, el frío o el calor. Más complejo cuando notamos síntomas de deficiencias en la salud, para lo cual tenemos que buscar la ayuda de un profesional. Pero, igualmente, nos preocupamos por resolver la solicitud requerida por nuestro cuerpo. Y, ¿si no encontrásemos el modo de dar satisfacción a una carencia a una necesidad?

El desierto escasea de agua, tan poca y tan oculta. Un pueblo de cientos de miles por el desierto se topará, antes o después, con el problema de la provisión de agua. La situación se agravará si arrecia el calor y no hay visos de solución posible. El pueblo de Israel se quejó a Moisés, su caudillo, entre murmuraciones (sospechas y desconfianza) e incluso agresividad. Dios le hizo obrar el milagro a Moisés con la vara con la que había hecho ya otros portentos y brotó agua de la roca para que bebieran. No había llegado aún el pueblo a entender la dialógica de la precariedad. Donde hay necesidad, hay que pedir, pero a quien hay que hacerlo, del modo correcto, de la manera como lo hacen los hijos con sus padres, con confianza. Cierto que la dureza del momento los tendría alterados y desesperados; cierto que no se fiaban de que Dios, realmente, no los desamparaba ni lo haría. Se habían cerrado al diálogo con su Señor.

Esto es lo que, precisamente, suscita Jesús en su encuentro con la samaritana. Espera junto a una fuente de agua hasta que se produce el encuentro. Acude una mujer samaritana. Ambas condiciones eran suficientes para negarse a dar de beber a Jesús e impedir cualquier conversación. Sin embargo, ella responde interrogando y abre posibilidades al diálogo. Jesús aprovecha expresar que hay una sed más importante que nos conduce a Dios; que Él puede saciar esa sed. La cordialidad y el interés de la conversación lleva a iluminar también el ámbito de la afectividad de aquella mujer: “hasta tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido” y el de la espiritualidad: “adorar en espíritu y verdad”. El tiempo dedicado a aquel encuentro permite a la mujer ir conociendo a Jesús para ver en él un simple judío, enemigo, a un hombre, un profeta, el Mesías y, finalmente, sus paisanos lo reconocerán como el salvador. Ha ido aprendiendo a saber más de Él e identificar su identidad. Al término de la conversación se convierte en pregonera del Mesías, provocando que sus propios paisanos quieran estar con Jesús y le insistan para que haga morada entre ellos.

La espera del Hijo de Dios, cansado por el camino, a la boca del pozo, condujo un encuentro aparentemente fortuito en una proclamación de su condición por los habitantes de aquel pueblo. La sed de Dios de que nosotros sepamos quién es y cuánto nos ama, recibió el agua de aquellas personas, sedientas de Dios y saciadas en Cristo, el agua viva. Nuestro bautismo nos increpa con su sed, para renovar y actualizar su agua en Cristo. Si nos abrimos al diálogo sincero y entregado con Él encontraremos y nos saciaremos.

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