
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Ex 12, 1-8. 11-14: Me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto.
Sal 115: El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo
1Co 11, 23-26: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido
Jn 13, 1-15: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús les había ido abriendo a sus discípulos el apetito. Algunas cosas se apetecen de modo espontáneo a otras hay que enseñar a apetecerlas, porque, o no se despierta su deseo o incluso causan rechazo.
No era necesario insistir a los suyos para que comiesen; lo solían hacer bien, bastante bien. El aprendizaje comenzaba en una base compartida por todos: hay que alimentarse para vivir y las ganas para abrir la boca vienen solas. Supuesto esto, hacía falta aprender un gusto nuevo. Con el tipo de hambres que quería suscitar el Señor no bastaba comer sin más, ni comer con las reglas judías, sino ponerse a la mesa en una posición incómoda para el que no conoce ese lugar: como el que sirve. Mejor invitar a la mesa a quien te agrada, al que no te va a poner en apuros, al que no pide pan, sino que lo da… mejor esto para el gusto antiguo. Para el nuevo, el de la nueva alianza, acercarse a los que, por propia iniciativa, difícilmente te arrimarías, a no ser que ya hayas cultivado el gusto de Dios por los pequeños, los que estorban, los que no rentan, los que piden, los que incordian.
En un banquete con tales comensales el tiempo a la mesa se dilata y las atenciones que precisan ocupan buena parte de la vida y más, e incluso demasiado hasta llegar a no dejar de estar sentado a la mesa con disposición perpetua para el servicio. Quizás es lo que Dios quería para nosotros, que prolongásemos sin tiempo el convite de la Eucaristía para eucaristizar todas las horas. Qué cosas hace el Espíritu Santo. Y el gusto por las cosas de Dios, por los de Dios se sostiene, se fortalece y se acrecienta comiéndose al mismo Dios. Lo comemos a través del oído, escuchando su Palabra; por la boca, tomando su Cuerpo en el pan consagrado.
Cuanto más ultraje, más injusticia, más desigualdad, más sufrimiento, más urge hacerse de los gustos de nuestro Señor, gustándolo a Él en cada celebración. Mañana celebraremos que es Él el ultrajado, sufriendo injusticia, el tratado con desprecio, el sufriente. Y en cada persona en estas circunstancias él espera para encontrarse con nosotros y ahondar en el gusto y sentido del pan de su Palabra y la Eucaristía.
Servidores de servidores deben ser los presbíteros. Tienen el deber de conocer los gustos del Maestro y hacerse de ellos para enseñar a apetecer las cosas de Dios y ofrecer, de parte del Señor, lo que se apetece y sacia.
El gusto que no se renueva apetecerá cosas rancias que no tienen que ver con el manjar fresco del Señor. Qué mal gusto si no apetecemos la Eucaristía como el banquete preparado por Dios para la vida eterna y alimentar la fraternidad; qué disgusto si buscamos satisfacer solo lo nuestro y las celebraciones son solo ocasión para un compromiso religioso de cumplimiento. A gustar lo que Dios ha preparado en su mesa y al modo como Él se sienta en el banquete. Y que los escogidos por Él para hacerlo posible entre nosotros vivan eucarísticamente y nos enseñen y acompañen para el servicio del Reino de Dios.