Ciclo A

Exposición del Santísimo

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  • San Pedro Apóstol

  Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30

  • Santa María la Mayor

  Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30

  • Las Mínimas

  Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00

Acercate a la Oración

jesus 7502413 1280«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»  

Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer... 

 Todos los VIERNES a las 20:00 horas.

 En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.

DOMINGO IV DE PASCUA (ciclo A). DEL BUEN PASTOR. 26 de abril de 2026

Hch 2, 14a. 36-41: Dios lo ha constituido Señor y Mesías.

Sal 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.

 1 Pe 2, 20b-25: Os habéis convertido al pastor de vuestras almas

 Jn 10, 1-10: Yo soy la puerta de las ovejas.

 

La mirada entre el pastor y la oveja se traza en diagonal. Para ello los ojos deben estar a cierta distancia, distinguiendo espacios, y en dos niveles de altura, no de dignidad. Esto no se da en horizontal, como entre iguales. Existe distancia entre la autoridad y el aprendiz. Pero la trayectoria de esa mirada no se detiene en el pastor o en la oveja, sino que la visión ha de llegar hasta uno mismo y reconocer su inicio en el cielo, desde donde debe comenzar toda mirada. La oveja reconoce en el pastor la presencia divina, el pastor en la oveja descubre a Dios. Ahora bien, ninguno de modo absoluto, hay que tener en cuenta fisuras, incongruencias, descuidos y pecados… salvo el único Pastor, Jesucristo, el mismo Hijo de Dios encarnado.

            Aunque la imagen del pastor se aplicaba especialmente a los reyes en ciertos momentos de la antigüedad en Oriente, podríamos extenderlo a aquellos que ejercen responsabilidades importantes sobre otros. Existe necesidad de pastores, pero, como nunca antes, se pone en duda su ministerio. Esta paradoja se tensa en la medida en que acudimos a ellos con necesidad de encontrar alguien como referencia y autoridad, y, sin embargo, cuanto nos ofrecen se pone en entredicho. Al maestro se le refuta con lo aprendido en una plataforma digital o las intuiciones particulares sobre la verdadera educación, al médico se le contrasta con la respuesta de la llamada inteligencia artificial, al político gobernante se le denigra espontáneamente con la convicción de que cualquiera lo haría mejor, al sacerdote… a este hace tiempo que se le desacreditó, porque, para la relación con Dios, no es necesaria su mediación. Anteponemos todo lo que sentimos, intuimos, diagnosticamos desde nuestras entendederas y emociones… como una prevalencia del yo personal, único, exclusivo y casi omnisciente. La mirada desde este yo subjetivista acapara los criterios de nuestras oposiciones y decisiones.

Aun así, seguimos necesitando pastores. El éxito de un buen pastoreo llega a su cima cuando la oveja ha asimilado cuanto le ha enseñado el pastor y cumple espontáneamente con las rutinas que le facilitan la vida y la producción. Si esto no se consigue tras un tiempo prudente, la relación entre el pastor y la oveja habrá sido un fracaso. La torpeza puede venir del pastor o de las ovejas. Esta figura expresiva tan antigua y tan bella del pastor y su rebaño muestra la necesaria relación entre una persona con autoridad y aquellos a quienes sirve con sus decisiones. El vínculo se fundamenta en la autoridad y la confianza.

Las iniciativas de movimiento propio sin esa autoridad que acredite fácilmente están abocadas al fracaso. Podrán tener éxito aparente, pero probablemente sean infecundas.

La fecundidad del desastre de la cruz desestabiliza la idea del triunfo al que podemos querer acostumbrarnos. A cualquier mirada la cruz de Cristo acredita su condición de pastor, como el que da la vida por sus ovejas. Pedro lo proclamó el día de Pentecostés, no desde el impulso arbitrario, sino desde el movimiento del Espíritu Santo enviado por el Padre para empujarlo a dar testimonio del Hijo. En la primera de las cartas atribuida a Pedro lo afirma de nuevo.

Siendo puerta, Cristo, Buen Pastor, custodia el recinto de la Iglesia para guardar a los de dentro y abrirse para la misión. Delimita un espacio y una propiedad, la familia de los hijos de Dios. Invita a participar de lo que se vive internamente y mueve a los de dentro a que, guiados por el Buen Pastor, transmitan lo vivido entre quienes no conocen aquella casa ni al pastor.

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