
Todos los JUEVES de 19.30 a 20.30
Todos los DOMINGOS de 19.00 a 19.30
Todas las MAÑANAS de 9.30 a 13.00
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos hoy nuestro pan de cada día, perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en tentación”»
Si quieres orar y estar junto a Jesús lo puedes hacer...
Todos los VIERNES a las 20:00 horas.
En la Parroquia de SANTA MARÍA la Mayor.
Hch 2,42-47: Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común.
Sal 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia
1Pe 1, 3-9: Mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios.
Jn 20, 19-31: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Los orígenes no son fáciles, pero, si estos arrancan con entusiasmo, cuánta frescura y vitalidad. Querían vivir los discípulos de Jesús lo que habían aprendido de su Maestro. Ante todo, lo que había compartido con ellos. Su presencia les había proporcionado equilibrio en momentos de desajuste, como cuando pedían juego del cielo para castigar a una población, discutían entre ellos sobre quién era más importante, no excluían una acción violenta para protegerlo o no acaban de comprender cuando predicaba. Los momentos finales durante la fiesta de Pascua fueron desastrosos para su lealtad y su fidelidad. La penumbra en la que quedaron sumidos tras su sepultura delataba su falta de entendimiento de la misión del Mesías, su relación con el Padre, incluso sus anuncios acerca de su muerte y su resurrección.
Y, sin embargo, fue tras la efusión del Espíritu Santo, como relata el evangelio de este domingo, cuando los seguidores de Jesús fueron más discípulos que nunca, cuando entendieron y obraron conforme a lo vivido y predicado por Él. Aquella vitalidad era sorprendente; más aún tras la decepción impuesta por la crucifixión de Jesucristo. Él se va tras una siembra imponente en sus corazones, cuando vivieron juntos, cuando se les apareció resucitado. Estas apariciones supusieron como el riego del Espíritu Santo para que germinase todo cuando habían recibido. Nacía la Iglesia como Esposa del Señor, en un parto que, a la vez, era compromiso nupcial, con su muerte y resurrección. Y dejó en sus manos, la misión que Él había abierto y posibilitado. Pero también la credibilidad del Esposo. Cuanto más se pareciera ella a Él, más veraz haría la resurrección del Hijo de Dios, por lo tanto, más convincente su mensaje de amor, manifestado de modo particular en el perdón de los pecados.
El apóstol Tomás no se creyó que sus colegas apóstoles hubiesen visto al Resucitado. O no se fiaba de ellos o bien la muerte de Jesús era para él tan decisiva, que se encontraba mental y afectivamente bloqueado ante otra alternativa. El episodio parece estar reivindicando el testimonio de la Iglesia como garantía de la resurrección del Señor para aquellos que no han tenido un encuentro con el Resucitado. Si bien la fe es un don de Dios, que da a quien quiere y cuando estima, también los actores en la transmisión de la fe tienen un papel decisivo: quien comunica y el que recibe. A veces es el sujeto de la fe el que se resiste a creer, condicionado por sus circunstancias. En otras ocasiones es el transmisor el que puede obstaculizar el proceso de fe, en la medida en que no resulta creíble, por no reflejar lo que muestra su mensaje.
Si Cristo ha resucitado, a qué el afán por las riquezas, las luchas de poder, intento de dirección política, abusos de autoridad, aprovechamiento de la indefensión de otros, encubrimiento de la verdad… Cualquiera de estas cosas es un alegato contra la Resurrección de Cristo, que provocan dudas, pues el que sigue al Resucitado no puede sostener nada de lo anterior. La condición rayana a la irreverencia que pone Tomás de meter sus dedos en las llagas de Cristo para creer apunta a una mentalidad que se cree necesitada de pruebas explícitas de su resurrección. Y la Iglesia debe tenerlas, mostrando las llagas de su presencia entre los más desfavorecidos, su esperanza ante los descartados, su ayuda al indefenso, al que sufre, al desorientado. Los tesoros de la Iglesia se contemplan a través de las heridas de la Cruz cuya depositaria, custodia y maestra es ella, como Esposa del llagado. Heridas, pero sanadas y floridas por el Espíritu para la Resurrección.